A veces me pregunto por qué, por qué te conocí, por qué tus pasos cruzaron mi camino, y formaron esta asíntota que converge en el infinito. La única respuesta que viene a mi mente es recordar. Recordar todo. Las charlas, la tímida confianza, las ilusiones, las expectativas, el pasado, los cigarrillos que fumé, tejiendo historias de vidas pasadas y futuras, siempre presente tu sombra, tus ojos negros, el cáliz de tu alma, que contemplo con sed y agonía, la de seguir vivo, cerca tuyo, pero nunca en vos.
Muchas cosas me dijiste en tan poco tiempo. Me hiciste sentir único, poderoso, singular; me hiciste creer que yo también era especial, como vos. Fue mi culpa, lo siento. La realidad sabe demostrar, con su crueldad innata, lo real. No hizo falta demasiado tiempo para saber que esas palabra0s no fueron las tuyas, sino de la empática piedad de quien no quiere que las buenas personas sufran, y que entonces mienten para ahorrarle sufrimiento a los ilusos
Porque, de todas las cosas que resucitas cuando te nombran, de todos los demonios que se hacen presentes cuando apareces, el más diabólico, el más despiadado es el de saber la realidad, mi realidad: la de que nunca voy a pertenecerte.
Son muchas las apariciones las que se hacen presentes cuando te nombro (pecado mortal), pero una es la que busca mi cabeza, la que me atormenta, la que me susurra en lo más profundo de mi esencia: sos un recordatorio, omnipresente, eterno como Dios y cruel como Luzbel; sos la presencia constante de lo que nunca fue mío por derecho y nunca lo será, de las pasiones que vagan por la tierra yerma que aramos bajo los soles impasibles, el fingir, el encerrarme vanamente aún más en mí mismo, en esta coraza que forjé para alejarme de vos, de tu vos, de tu voz, de tu dulzura, de tu inagotable grandeza.
¡¿Qué hizo él para merecerte?! ¿Qué hice yo para merecer esto, esta insalvable lejanía de verte siempre, de saberte de otro, no de cuerpo, sino de corazón y alma inmortal? ¿Por qué no llegue antes, más preparado, más elevado, más valioso que esta carne que lucha por encontrarle un sentido a esta hermosa tortura que llamamos Vida? ¿Acaso estoy pagando una deuda arcana, más antigua que el Tiempo? ¿O es la fortuita desgracia que me está preparando para mi reencuentro conmigo mismo?
Te odio, espero que lo entiendas. Que entiendas también que no tengo respuestas. no tengo nada, salvo la inquebrantable convicción de que cada acontecer es un paso hacia el Destino. Prometo no llegar tarde