miércoles, 9 de abril de 2014

Días

El día que me quieras, como el faro que alumbra su gracia a barcos fantasmas encallados en el vacío abismal, no habrá regocijo, ni sonatas de poetas toscos en la embriaguez de la posguerra. No habrán sino acordes en menor, palabras ahogadas en muda soledad. Silencio, silencio, silencio.

El día que me quieras ¡oh, ingrata, amada enemiga mía! habrás proferido maldiciones sobre ésta nuestra Suerte enlutada. Ese día profano escucharé, sin saberlo, el eco de tu pesar cayendo como nieve fría sobre mi piel rasgada de tanto caminar hacia el poniente y, surcando los kilómetros como un haz divino de luz negra, me encontrarás entre sueños para decirme lo que tanto mal me habrá de pesar.

El día que me quieras no existe si no lo invento, si no lo dibujo en las orillas de mi esperanza, si no lo adorno con toda la imaginación que me sobra y el amor que me falta. Pero existe, en esta jorobada manera de existir; me sonríe sardónicamente y se despide con desdén, haciéndose esperar, haciéndose buscar.


El día que me quieras yo estaré terriblemente lejos. Ese día seré correspondido.

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