El día
que me quieras, como el faro que alumbra su gracia a barcos fantasmas
encallados en el vacío abismal, no habrá regocijo, ni sonatas de poetas toscos
en la embriaguez de la posguerra. No habrán sino acordes en menor, palabras
ahogadas en muda soledad. Silencio, silencio, silencio.
El día
que me quieras ¡oh, ingrata, amada enemiga mía! habrás proferido maldiciones sobre ésta nuestra Suerte enlutada.
Ese día profano escucharé, sin saberlo, el eco de tu pesar cayendo como nieve
fría sobre mi piel rasgada de tanto caminar hacia el poniente y, surcando los
kilómetros como un haz divino de luz negra, me encontrarás entre sueños para
decirme lo que tanto mal me habrá de pesar.
El día
que me quieras no existe si no lo invento, si no lo dibujo en las orillas de mi
esperanza, si no lo adorno con toda la imaginación que me sobra y el amor que
me falta. Pero existe, en esta jorobada manera de existir; me sonríe sardónicamente
y se despide con desdén, haciéndose esperar, haciéndose buscar.
El
día que me quieras yo estaré terriblemente lejos. Ese día seré correspondido.
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